El jueves
pasado, durante la presentación de mi examen, el Dr. Leonardo Valdés Zurita me
planteó si las violaciones a derechos humanos deben entenderse como un fenómeno
coyuntural o estructural y, en ese sentido, si dichas violaciones son producto
del tipo de cuerpo de seguridad empleado como mecanismo de contención.
Mi respuesta la
articulé en dos ejes. En primer lugar, sostuve que no se trata de un fenómeno
coyuntural —o, en todo caso, no meramente coyuntural—, sino sistemático. Esto
se debe a que, a partir de una delimitación espacio-temporal precisa, las
violaciones a derechos humanos que analizo se presentan de manera constante
desde el inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Si bien una
coyuntura política podría, en teoría, modificar estas prácticas y abandonar
conductas de corte autoritario, el escenario actual persiste porque tales
violaciones son promovidas, toleradas e incluso alentadas desde los distintos
órdenes de gobierno. Ello ocurre a pesar de que el discurso oficial no sea
abiertamente securitizante. El despliegue permanente de elementos de la Guardia
Nacional constituye, en sí mismo, una evidencia fáctica de esta lógica.
En segundo
lugar, argumenté que el propio cuerpo de seguridad utilizado constituye el
núcleo del problema. Los elementos de la Guardia Nacional son, en los hechos,
elementos del Ejército mexicano y no fuerzas civiles. Mientras estos actores
permanezcan desempeñando funciones para las que no deberían estar destinados,
será imposible erradicar las violaciones a derechos humanos. Imposible.
Hoy siguen
empeñados en el absurdo:
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