La vez que nos vieron por las calles de Puebla

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sábado, 4 de abril de 2026

“Que los militares regresen a los cuarteles”: ¿pero cuándo estuvieron dentro?

 

Otra idea que comenté hace algunos días es que no coincido plenamente con la noción —repetida tanto por opositores al gobierno actual como por militantes del propio régimen— de que el ejército “debe regresar a los cuarteles”. Mi desacuerdo parte de una premisa sencilla: no existe evidencia histórica sólida de que las Fuerzas Armadas mexicanas hayan estado alguna vez confinadas exclusivamente a los cuarteles, y mucho menos de que su presencia en el espacio público sea un fenómeno reciente.

Por el contrario, el ejército ha sido un actor constante en la vida política y social del país, no solo durante la llamada “guerra contra el narcotráfico” iniciada en el sexenio de Felipe Calderón, sino desde mucho antes. Su participación ha adoptado distintas formas —seguridad, gobierno, administración pública—, pero rara vez ha estado ausente.

Un ejemplo ilustrativo de ello lo ofrece un informe fechado el 25 de octubre de 1955, elaborado por la Dirección Federal de Seguridad y dirigido a su titular, en el que se celebra al general Jesús Lozoya Solís como gobernador interino de Chihuahua tras la renuncia de Óscar Soto Maynez. El documento, encontrado de manera casi fortuita —una verdadera serendipia nocturna—, muestra con claridad cómo un militar en activo ocupaba simultáneamente un cargo político de alta responsabilidad.

Jesús Lozoya Solís, padre de Jorge Alberto Lozoya, posteriormente reconocido como pionero de los estudios contemporáneos sobre lo militar en México, encarnó esta doble condición de militar y político. A partir de aquí, resulta secundario si solicitó licencia o dejó formalmente el servicio activo: lo relevante es la normalización de la presencia castrense en funciones políticas y civiles. Desde luego, no se trata de un caso excepcional —basta revisar la literatura sobre gobernadores militares (Villalpando, 2014)—, pero sí de un ejemplo sintomático.

Todo ello refuerza la idea de que el recurso al ejército es constitutivo de la práctica política en México. La vieja fórmula que justifica su despliegue bajo el argumento de que “el militar es un elemento responsable” resulta, por lo menos, insuficiente. Más que una anomalía reciente, la militarización aparece como una continuidad histórica profundamente arraigada en la arquitectura del Estado mexicano.

 

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